Nota publicada originalmente en Fulanovida el 17-abr-2010
Las
cosas que algunos aprendimos de negociación se las debemos,
lastimosamente, al intercambio de cartuchos de Nintendo que hicimos de
mocosos. Durante "esos tiempos" del Nintendo (1986-1995), en mi caso yo
podía obtener cuando mucho un cartucho nuevo cada año, y me los traían a
lo fayuca de Estados Unidos. Así, podía yo desear y pedir cierto juego,
pero muchas veces no llegaba lo que esperaba, porque quien los
conseguía traía lo que encontraba, que "se veía bueno" y ya. Era un
albur, porque podía venir algo muy bueno o una gran basura, que acababa con la
ilusión de los niñatos:
Si
uno no puede elegir los juegos que tiene en sus manos, está en "serios"
problemas como videojugador, por lo que tuvimos que buscar otra forma
de jugar otras cosas y, de ser posible, conseguir quedarse con esos
cartuchos cuando eran muy buenos. Con este objetivo, dado que no había
alguien que rentara y toda la población jugadora de alrededor "sufría"
lo mismo, la gente estaba dispuesta a intercambiar los juegos
por algunos días con conocidos que también eran jugadores, lo cual se
volvió una práctica común en los barrios. Así aprendía uno a contactar
con la "comunidad" de jugadores de mis alrededores, con gente que tenía
otros juegos que uno no tenía y que, dicho sea de paso, regularmente
vivían en una condición social distinta a la de uno.
Por
esta situación, siendo yo un niño caguengue y ocioso, aprendí a tratar,
por ejemplo, con las mamás de los niños aunque fueran "señoras
copetonas", a superar la vergüenza que me cerraran la puerta en la cara,
a tocar puertas durante horas con juego en mano, a "hacer concha" y
tolerar los rechazos, a reponerme y no detenerme porque me negaran a alguien para que me cambiara un juego, a
hacer viajes distantes entre barrios o pueblos cercanos para conseguir
algún juego, etc. Las ganas eran increíbles por jugar otras cosas,
haciendo lo que fuera necesario, al nivel de esfuerzo que fuera
requerido. La compra no era una posibilidad cercana y la sociedad a mi
alrededor permitía esa libertad de andar en la calle tocando puertas a
pie. Sí había pandillas en los barrios al estilo "The Warriors" (bandas de cholos, les decían), pero
con evitar las esquinas donde se reunían estabas bien.
Esta nota podría llamarse "Cómo es que me convertí en un vendedor de tarjetas de crédito exitoso sólo intercambiando videojuegos"
En
mi caso, al ser un pueblo pequeño donde pasé la infancia, creo poder
afirmar que conocí casi a todos los que tenían juegos ahí, y más adelante en
algunos sectores de lugares vecinos. Cuando comencé a hacer esas
"negociaciones", era yo de los más niñatos del sector, porque el
Nintendo era entonces un sistema de mediana edad y muchos de mis contactos tenían
en promedio unos 5-8 años más de edad que yo y habían convivido más tiempo con las consolas. De hecho, muchas veces
esa falta de "colmillo" de ser más joven me pasaba factura.
Una ocasión, por razones del destino, tuve un control inalámbrico
(¡Inalámbrico y para el primer Nintendo!), y, en mi afán de hacerme de
más juegos, me inventé una oferta de cambio de dicho control por dos o
tres juegos que me gustaran a quien lo quisiera. Pensaba yo que era un
productazo y estaba haciendo una gran apuesta. Así, fui a dar con uno de
mis conocidos, que ahora es un político transa, y que desde entonces
hacía transas: me hizo prestárselo unos cuantos días con la intención de
probarlo para ver si le gustaba. Si decidía que el control le gustaba,
me entregaría dos juegos buenos de los que tenía o uno bueno y
dos regulares... pues pasaron los días de prueba y cuando que se le
acabaron las pilas (alcalinas de esos días, que eran muy caras), me lo
regresó diciendo que no, que gracias...
La verdad no era muy buen producto: como era infrarrojo, no te podías emocionar mucho porque perdía comunicación.
Durante
estos intercambios también entraba en juego el aspecto "clase social":
si tu economía familiar no iba de acuerdo con "los requisitos sociales"
que exigía ser un videojugador actualizado, eras objeto de burlas por
quienes eran hijos de gente 'pudiente' en el barrio. Necesitabas tener
dinero para gastarlo en videojuegos, porque de lo contrario, las burlas a
la pobreza, a no tener juegos, a tus limitaciones, hacían que uno
repensara su condición social y si estaba bien seguir buscando juegos
mediante intercambios a pesar de las burlas o ya mejor volver a jugar
con el trompo, las canicas y "los billetitos". Querer ser un "wannabe
videojugador" no era bien visto. Este tipo de burlas infantiloides por
supuesto que te afectaban, porque tenían razón: los videojuegos no son
un ocio barato, pero el vicio era más poderoso que cualquier crítico y
normalmente uno hacía concha y terminaba superándolo "por amor al arte".
Que no tuviera billete no significaba que no pudiera lograr mis
objetivos de jugador vicioso. De alguna manera, estas pequeñas cosas de
la vida van moldeando cómo será más adelante la personalidad de cada
uno.
Así
pues, algunos seguimos durante los 90s con esa intercambiadera durante
la pre-adolescencia y de repente descubríamos que esos antiguos
contactos ya se habían convertido en adolescentes calenturientos de
lleno, se habían alejado de los juegos y ya no (les) compraban nada.
A
diferencia de los que éramos viciosos de jugar, ellos sí comprendieron
que sus videojuegos eran el sustituto de ese momento de los juegos
tradicionales como el trompo o el yo-yo, lo tomaron como el juego que es
y cuando brincaron a la adolescencia, lo dejaron atrás con sus otros
juguetes.
Pero
para mí, esto del entretenimiento electrónico (y en general, todo lo
electrónico) siempre fue una pasión, y por eso era insaciable y seguía
buscando más. Así, me fui dando cuenta que ahora el gran "capo" del
intercambio de juegos era yo, y mis nuevos contactos eran niñatos
incluso de kinder, pero que tenían entre sus "juguetes" algunos
videojuegos que me interesaban. Así, me encontré en un extremo social
peligrosón: un adolescente peludo socializando con un niño de kinder,
que no es su pariente pero que pues tenía un Street Fighter II piratón
que me gustaba mucho.
Muy cerca de apestar de abusador, pero todo por que me prestaran esta cosa...
...
que era malísimo, pero para mí era un logro, una maravilla tecnológica:
haber logrado meter el Street Fighter II y hacerlo aceptablemente
jugable en un NES/Famicom
Pues
bien, hacer tratos con infantes con pañales era objeto de burla con mis
cercanos, naturalmente. Mi pasión de buscar nuevos juegos me convirtió
en el "Fulano-Nintendos" en el barrio y jamás me pude quitar ese
mote. Yo, enviciado, en mi ceguera videojugadora, no entendía el
verdadero mensaje: ya estaba yo viejo para lo que andaba haciendo de
intercambiar con quien fuera con tal de seguir en el juego.
Uno
de esos intercambios me armó una verdadera crisis y creo que fue la
única manera por la que, al final, "bajé el ritmo". La cosa estuvo más o
menos así: En mis búsquedas de nuevos intercambios, me encontré un niño
de 6 o 7 años con un flamante cartucho de Contra (la edad del niño,
primer foco rojo). Yo tendría unos 14 años, y como Contra era uno de mis
favoritos, busqué emocionado cómo convencerlo de hacer un cambio
"permanente" (donde ya no se regresaban los juegos) y quedarme con ese
juego.
Contra
todavía estaba en las máquinas Arcade del barrio: era una máquina que
tenía un NES adentro y que para poder iniciar el juego, debías depositar
la moneda justo en la pantalla de selección de 1 ó 2 jugadores, como
todo el mundo se sabía el código Konami, hacían el código, pero si el
dueño de la máquina se daba cuenta que lo habían hecho, te la apagaba
por "tramposo". Yo por eso lo quería jugar en mi casa. Para mi suerte,
acababa de conseguir en un intercambio con otro niño (de unos 8 años,
segundo foco rojo) un sexy Super Mario Bros. 2 en otro
cambio "permanente", y decidí que era una buena oferta hacer el canje de
ese Super Mario Bros. 2 por el Contra. El niño del Contra aceptó
encantado porque le agradaba Mario y ver la carota del personaje con un
rábano en la mano en la portada del juego que le estaba ofreciendo lo
hacía feliz.
Pues lo convencí y cerramos el trato... yo ya estaba en mi casa gozando
el momento, rotulando mi cartucho (porque ponerle el nombre implicaba
que ya no lo cambiaría permanentemente por ningún otro), cuando de
repente llega la madre del niño a reclamarle a MI MADRE del "ROBO" que
le había yo hecho a su pequeño hijo. Yo no entendía nada, porque se
suponía que habíamos "cerrado el trato" (sí, el niño de primero de
primaria y yo, que ya era un wey alto de catorce que ya estaba
llenándose de pelos).
Basta
cerrar el relato diciendo que la cagotiza que me pegó mi madre fue
monumental, y de paso me obligó a deshacer el trato del Contra y el
anterior del Super Mario Bros. 2, porque no quería más problemas. Me
ofendió que esos niños de primero de primaria no tienen honor, no honran
sus compromisos jaja.
Resultado
de esas experiencias desagradables y las obligaciones escolares de
preparatoriano terminé dejando en paz los intercambios, además que salir
del barrio a la ciudad me permitió descubrir que podía comprar juegos
muy buenos y baratos de segunda mano en los tianguis, además que había
compañeros de clase con otros juegos que me prestaban así sin
intercambiar nada, porque pues ellos ya eran adolescentes y no les
interesaba jugar... pero a mí no.
Los
juegos para esos sistemas de 8-bits ya eran obsoletos (estamos hablando
de tiempos donde ya había algunas consolas de CD) y por tanto estaban
pasando de moda, además que con las becas y trabajos de medio tiempo ya
tenía liquidez, pude comenzar a hacerme de varias joyas sin pasar
vergüenzas haciendo tratos con niños mocosos (casi siempre eran
productos de "robos a casa habitación" o de "casa de empeño" que
terminaban en esos tianguis), pero sobre todo sin que me cagaran en casa
porque una señora loca fuera a hacerle un desplante a mi madre.
Resultado
de estas negociaciones jugué grandes cosas. Y como bono adicional,
terminé conociendo muchos estratos sociales de mis alrededores, muchos
de ellos riquillos pedantes transas que se hicieron más ricos, otros
pobres que tenían suerte pero que al final que siguieron pobres, gente
que se dedica ahora al trasiego de estupefacientes pero que eran buena
onda y culeyes, prestamistas usureros, gente que se fue de ahí para
siempre un buen día, gente que ahora me respeta por mi constancia y
también gente que me desprecia por vicioso, etc.
Pero
sobre todo, me dejó la habilidad de no hacerme menos frente a nadie y
soportar cualquier cosa a cambio de lograr mis objetivos. No fue tan mal negocio después de todo.











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